Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid (aunque yo nunca lo he visto) una noticia irrelevante acerca de la ley de reprodución asistida me sirve para traer a colación nuestra mala educación, al gorila albino más masacrado de la historia, a (pretendidas) descargas eléctricas para recoger frutos seminales y a comités éticos que se cuidan de la salvación de nuestras almas.
Las clínicas de reproducción asistida confían que pueda subsanarse sin muchas complicaciones un error en la Ley de reproducción asistida que prohíbe fecundar con esperma no eyaculado, indicó uno de los vocales de la Sociedad Española de Fertilidad, Juan Antonio García Velasco. Éste, que ejerce como médico en la sede madrileña del Instituto Valenciano de Infertilidad (IVI), añadió que son muchas las clínicas que han remitido sus alegaciones para que esto se corrija cuanto antes. Añadió que a primeros de diciembre se reunirá la Comisión Nacional de Reproducción Asistida y esperan que este órgano lo analice y se pronuncie sobre el asunto. Vean aquí la noticia.
Al parecer se trata de un error de redacción de la ley de reproducción asistida, aprobada hace apenas seis meses. A veces, vale con una carta de la Comisión a las CCAA para que se subsane el error. El error, según publica hoy el diario ABC, ocurrió durante la tramitación de la ley al incluir una enmienda que solo autoriza los tratamientos de fecundación in vitro con espermatozoides procedentes del eyaculado.
Este país es de máximos y mínimos. En mi infancia y adolescencia se nos predicaba acerca de los males de la masturbación, asegurando los infames clérigos a quienes se confiaba nuestra (execrable) educación que se nos caerían los dientes, se nos secaría la médula, nos quedaríamos ciegos, pillaríamos la tuberculosis además de la sífilis, que nos saldrían pústulas en el pito y quedaríamos estériles.
Ahora, en cambio, los comités de ética que limitan, a su arbitrio, los derechos de las personas, deciden que los únicos espermatozoides aptos para la reproducción asistida, son los extraídos por las vías naturales (coitus interruptus, o a pajas).
Aquel desgraciado gorila blanco que, durante muchos años, fue una especie de símbolo de Barcelona, podría tener qué decir. Copito de nieve fue apartado de la selva y trasladado a un zoológico donde, durante toda su vida, estuvo sometido a toda clase de vejaciones para que procreara una línea de gorilas blancos. Supongo que para luego ser vendidos (a precio de gorila de oro) a los zoológicos del mundo.
Le ponían hembras a mansalva y le incitaban a copular constantemente (en especial con sus hijas y nietas) en la esperanza de que el cruce de genes fuese el adecuado. Los gorilas no son como otros micos. Los chimpancés o los bonobos, por ejemplo, follan más que comen. Un gorila, sexualmente, tiende a la monogamia y al sosiego. Su pene es más bien pequeño, mucho menor que el del chimpancé y, no digamos, que el pene humano (el pene más grande entre los primates).
Cuando Copito desarrolló toda clase de conductas extrañas, como la inveterada manía de degustar sus propias heces o una clara fobia a las hembras, decidieron sacarle espermatozoides por otras maneras que la natural. Leí, no sé donde, que le aplicaban descargas eléctricas en los testículos (o así) que provocaban eyaculaciones, bien que por la vía natural, nada apetitosas para el descolorido antropoide. Una más de las vilezas y desatenciones, cuando no maltratos y groserías, que debió de soportar a lo largo de su triste vida. Ni así.
Parece que, con los humanos, no se aplican choques eléctricos. Les extraen los espermatozoides, mediante cirugía menor, del propio testículo. La técnica, que ahora no se puede practicar debido al error de los legisladores, tiene 10 años de experiencia contrastada.
Ruego a Dios para que los (éticos) necios redescubran el camino de la verdad, y modifiquen la ley. La sola idea de ser arrancados los espermatozoides a golpes de relámpago en los testículos provocaría (a casi todos) rechazo (mental) y encogimiento (físico). No creo que los fueran a encontrar fácilmente (en su sitio). Quizá en el cuello.
Mi habilidad para ir contra corriente es legendaria, y es una de las causas de que el número de mis enemigos sea casi tan infinito como el número de los necios (en palabras de Cicerón). ¿Quién me mandará, a estas alturas, meterme con los que defienden a Salvador Puig Antich? No sigan si son gente piadosa y de sólida confianza en la naturaleza humana.
El caso es simple: se trata un chico anarquista perteneciente a un grupúsculo armado que, en 1975, había atracado algún que otro banco con la idea de ganar dinero para su revolución. Seguido por unos policías, se enzarzó con ellos en un tiroteo. Un joven agente policial de 23 años, Francisco Anguas, muere en la refriega. Puig, de 26 años, fue detenido, juzgado en consejo de guerra, condenado a muerte y ejecutado.
En 1973, en el asalto a una oficina de La Caixa de Pensions, un empleado había perdido un ojo de un disparo. La policía cercaba a los atracadores que, uno tras otro, fueron cayendo. El clima en España, muy enrarecido por la enfermedad de Franco y el reciente asesinato de Carrero Blanco (el segundo del Caudillo) propició irregularidades en el juicio. Lo que había sucedido en la muerte de Francisco Anguas se consideró un delito de terrorismo, que permitía el consejo militar y la pena de muerte sumaria.
No se presentaron pruebas fehacientes de que fueran las balas de Puig las que mataron al policía, en medio del tiroteo producido. Puig, de todas formas, fue ejecutado en el garrote vil. Un dato curioso: en las filas de opositores al franquismo no se elevaron grandes voces condenando la pena. Los anarquistas, en general, no eran nada queridos por los demás antifranquistas. Sobre todo si atracaban bancos a punta de pistola y disparaban contra administrativos y clientes. El grupúsculo de Puig Antich, además, ni siquiera era bien visto por los anarquistas “oficiales”, al fin y al cabo segregados en varias corrientes (todas ortodoxas, por supuesto) y ninguna dispuesta a defender al presunto homicida.
Ahora se ha hecho una película sobre su juicio y muerte, lo que ha llevado a varios corifeos a exaltadas defensas de Salvador, condenas al franquismo y solicitudes para que se reabra el proceso, se revise, y se exculpe al joven libertario. Cada cual tiene derecho a creer y defender lo que mejor le parezca. Las hermanas de Salvador, que le recuerdan con sumo cariño, se ven muy interesadas en presentarle como un mártir víctima de la injusticia.
Un detalle escabroso: los familiares, en su momento, solicitaron la retirada del garrote vil que sirvió para ejecutar a Salvador, el cual se exponía en el Museo de Camilo José Cela, a quien se lo había regalado un ministro de justicia. Resulta que Salvador Puig (y un desgraciado apátrida que quizá habría matado a un guardia civil por qauellas fechas) fueron los últimos usuarios del lúgubre instrumento. En la foto de arriba, la sala del museo con el tétrico dispositivo.
Los familiares de Puig clamaban soliviantados porque el ingenio que mató a su pariente fuera ahora pasto de visitantes museísticos (incluso grupos de jubilados). Me pareció un error. En mi opinión, un garrote vil nunca está de más en la sala de un museo, donde las generaciones futuras pueden observar lo que nuestros antepasados consideraban “piadoso” a la hora de pasaportar a otros seres humanos.
De la misma forma que la guillotina era liviana, en comparación con el descabezamiento a espada (sobre todo si el verdugo era artrítico), el garrote mecánico sustituyó al garrote constituído por una soga atada a los extremos de una pieza de madera, con la que se montaba un torniquete que constreñía como una garra (de ahí garrote) el cuello del beneficiario.
Es sabido que el nombre garrote (aplicado también al as de bastos) era fuente de confusiones. En mis tiempos antifranquistas debí participar en una reunión, en una ciudad francesa, donde tuve que explicar a los horrorizados extranjeros que el “garrote vil” no consistía en dar de palos a un reo hasta abrirle la cabeza. El nombre de “vil” se refería a que era una pena aplicada a las personas sin nobleza (viles, o villanos) en tanto que a los de sangre más o menos azulada, se les degollaba con una daga en caso de castigar sus travesuras.
El garrote es un trasto que ciñe el cuello del reo con un artilugio en forma de herradura y que, mediante un mecanismo de tornillo, aprieta el hierro contra una barra vertical colocada detrás del protagonista, dejando el presunto pescuezo del grosor de un pergamino. El mecanismo asegura que con tres cuartos de vuelta del tornillo, accionado con una palanca parecida a un timón de barco, se deje exangüe al ajusticiado. Otra cosa es que las guías del mecanismo estén bien ajustadas, engrasadas con cuidado, y el verdugo de buen humor (o con la sobriedad alcohólica que las ejecuciones demandan). Algunos de los distinguidos con las caricias del artefacto tardaron hasta 19 minutos en morir por completo, tras haber enroscado el pasador. En la foto de arriba los tres verdugos de España en esa época. Uno de ellos fue la última persona que tocó, con vida, a Salvador.
Un garrote, en un museo, siempre es algo ilustrativo, enriquecedor. No estorba la cultura, aunque se relacione con tétricos pasados. No soy de los que cree en reliquias u otras magias, por lo que me niego a pensar que el toledano garrote (los fabricaban en la Real Fábrica de Armas) haya incorporado esencias de su patética clientela, o deba ser reverenciado (acaso besado) por futuras generaciones de anarquistas, atracadores de bancos, o burguesitos iluminados oficiantes de extremas (derechas o izquierdas) que consideren su “bien” como superior al derecho de las pobres personas individuales que se interponen en el camino de sus balas, o de las balas que solamente a ellos van destinadas.
Nunca estaré a favor de la pena de muerte, y supongo cierto que el juicio a Salvador Puig tuvo irregularidades a mansalva. Tampoco nunca dejaré de considerar que Salvador debía de saber lo que se hacía, lo que se jugaba, y lo que sucede cuando juegas y pierdes. Para su familia es un santito.
Qué mas da lo que yo piense. Por supuesto, también tengo derecho a ello.
La realidad es como es. Un día cualquiera (hoy, sin ir más lejos) me asalta la noticia que hallarán en el link de más abajo, y despierta al demonio que llevo (más o menos dormido) bajo la bata blanca. Este es un artículo perverso, desde el grabado superior hasta la última palabra. Si lo leen y se enfadan (yo lo haría) no me maldigan. Antes bien, recuérdenme en sus oraciones.
Un hombre detenido por participar "públicamente en una actividad sexual" con su novia en un avión. Retozos de este tipo, bajo las leyes de USA constituyen un delito si, al ser indicada, por la tripulación, la pertinencia de su cese, no se detiene de inmediato. Ello constituye un delito por “interferir con la tripulación de un avión en vuelo”.
En el grabado de arriba se ve la forma adecuada de obrar, en tales circunstancias, según las instrucciones que suelen hallarse en la bolsa delante de sus asientos.
La pareja, al parecer, fue advertida por la azafata, la cual sostiene que no le hicieron caso y siguieron con la labor, al tiempo que le pedían que se metiese en lo que realmente le incumbiera. No dicen las crónicas si la cabriola era realmente un coito u otro tipo de mimito, ni si la actuación era seguida con expectación por otros miembros del pasaje, ni si había niños alborozados mirando, ni si los espectadores jaleaban a los oficiantes, o cruzaban apuestas entre ellos.
La feliz pareja, al cabo, fue reconvenida por la azafata. Aquí las versiones difieren. Los tórtolos dicen haberse sentido humillados y amedrentados. La azafata mantiene que ellos no cedieron en sus pujas, lo que la obligó a levantar la voz, pues, en estado de posible éxtasis, no se enteraban de lo que sucedía a su alrededor. Los enamorados fueron detenidos el 15 de septiembre, cuando llegaron al aeropuerto internacional de Raleigh-Durham en un vuelo de Southwest Airlines procedente de Los Ángeles.
La acusación es por delito federal, lo que significa que actúa el FBI, que los presuntos delincuentes pueden ser perseguidos en todo el mundo y que puede caer sobre ellos una condena importante, si algún juez riguroso en asuntos de moral considera que los escarceos aéreos constituyen riesgo para el curso del vuelo.
La abogada de los chicos, que no había nacido ayer, alegó que sus representados no hacían cosas feas. En realidad (dijo) el maromo había recostado su cabeza en el regazo de la mujer porque no se sentía bien. Nada dijo sobre si la chica le acomodó debajo de la falda, para que mantuviera un mejor calor, o por si algún efluvio amoniacal despejaba su mente, tal como se hacía (en tiempos pasados) con las personas que acreditaban diátesis proclive al desvanecimiento. De todas formas es una idea que le ofrezco a la señora abogada Deb Newton (que representa a los acusados, Carl Persing. Y Dawn Sewell) por si quiere añadir confusión y turbulencia a las aguas procesales.
En el caso de considerar el juez que no hubo nada, será interesante que indique una exploración visual a la azafata capaz de confundir un mareo con una actividad sexual. Pero si hace caer sobre los acusados el peso de la ley, será cuestión de pensárselo dos veces antes de hacer según que cosas (siquiera sacudírsela después de orinar) en un avión bajo bandera americana.
Este fin de semana he ido a Santiago de Compostela. No me ha tocado nada de la gracia (que yo creía que allí sobraba) por lo que, en el avión de vuelta, me vinieron malos pensamientos a propósito de recordar un recorte de periódico que guardaba en mi carpeta de recortes. Cuídense los pacatos que el tema es escabroso en sí mismo. Hablo de maoríes masturbadotes, de reglas de seguridad en los aviones, de licores confundibles con la pólvora blanca, de artificieros y robots y de sugerencias para futuras acciones.
Ya ven. Polinesios salidos se la cascan antes de un despegue, y acaban en el calabozo al ser confundidas sus porquerías con presuntos terrorismos. Ciertamente es difícil evacuar (lo que sea) en un avión parado en pista antes de despegar. Las azafatas, por lo general, no te permiten ir al baño ni, mucho menos, salir un momento del avión para aligerarte en algún lavabo del aeropuerto. La razón es que el desagüe del aéreo retrete debe de evacuar sus desechos al exterior, y queda fatal dejar cerotes excrementales, o siquiera micciones, en las bruñidas pistas.
A veces se relajan y dejan ir a alguien con pinta de prostático o con carné de diabético. Indican, en tales circunstancias, que no se tire de la cadena, que ya se cuidarán ellas del menester cuando el avión esté en lo alto, a poder ser sobrevolando zonas deshabitadas (o enemigas).
Ignoro si los marineros kiribatíes (país cercano a las islas Marshall) harían el numerito incontinente para lograr la apertura del baño. Sea como sea, les dejaron pasar (no sin advertirles de la prohibición en cuanto al cadenazo). Ignoro también si, en las islas melanésicas, meneársela es parte del ritual previo al viaje, una especie de conjuro para la buena suerte. Muchos occidentales se santiguan, lo que por una vez, y sin que sirva de precedente, consideraré juicioso (simplemente por relativismo.)
O quizá sea que, en situaciones de miedo, se bajan la ansiedad a pajas. Los primeros europeos llegados a las polinesias hablaban maravillas de la fácil sexualidad de las personas nativas, quizá sin saber que era una forma de apaciguar el miedo, o el asco, que los invasores solían despertar en esas gentes pacíficas, sobre todo desde que les llegaron las noticias de la gloriosa colonización de los españoles en América
Los maoríes, disciplinadamente uno tras otro, fueron a ejecutar sus ceremonias en el baño. Las azafatas, bien mentalizadas en temas de seguridad, revisaron la higiénica cabina con la sorpresa de hallar los blancuzcos restos seminales en la taza. Es de esperar que los indígenas fueran personas voluminosas y con criadillas de tamaño espléndido, amén de bien pertrechadas. La masa, con apariencia sospechosa (podía tratarse de algún gel plástico con pólvora blanca piroxilada con nitratos de celulosa, o con bacilos de ántrax) ocupaba, mayestática, su lugar de reposo.
Las pobres aeromozas, quizá acostumbradas a las exiguas raciones de los europeos, no pensaron que unos pasajeros tan oscuros pudieran excretar tanta leche y tan blanca. Dieron la alarma, y unos hombres de Harrelson sacaron del avión a los masturbadotes (esposados, no fueran a repetir la tarea) y un poco amodorrados tras el beneficioso éxtasis.
Después los artificieros, sólidamente blindados entraron en el avión y mandaron a su mejor robot a examinar los lavabos. Los gritos de asco del mecánico engendro (al recoger con sus palas el engrudo y detectar, por sus propiedades organolépticas y su hediondez, la calidad de la manufactura, nunca mejor dicho) los gritos del autómata, digo, resuenan todavía en los oídos de los aguerridos soldados. El robot ha debido ser tratado del estrés postraumático que le provocó el contacto con el asqueroso y polinésico licor.
Sugerimos, de buena fe, que en los aeropuertos se entreguen bolsas de plástico (trasparentes y, a poder ser, herméticas) para que los pasajeros con tal tipo de querencias depositen allí sus eyecciones y las entreguen al personal de servicio por si quieren verterlas en la zona de basuras ecológicas, donarlas a los bancos seminales de países pobres o cualquier otra locura que se les ocurra.
Encantado. He visto tu blog Matías. Cualquier día que me pase por Punta Arenas, iré a verte. Lo mismo debes hacer si pasas por Barcelona. Seguro que nos reiremos de algo (o de todo). 18 de noviembre de 2006
Matías (http://matiasvieira.blogspot.com) ha dicho ...
Gracias, Juan. Me has hecho reir de buena gana. 18 de noviembre de 2006
Hoy me ha dado por meterme con bichos de la peor especie con la que he tenido que bregar. Cabe decir que siempre he salido perdiendo. Son estultos en cuestiones médicas, pero terriblemente eficaces en lo único que hacen bien: cercenar el beneficio a largo plazo (en dura lucha contra la inteligencia) a cambio de maquillar números de día a día que parezcan benéficos. Espeluznantes especialistas en conseguir pan para hoy, a cambio de genocidio para el mañana. No sigan leyendo si tienen alguno en la familia.
La ansiedad y la depresión ocupan una de cada cuatro visitas médicas. El consumo de antidepresivos crece un 25% desde el 2001 y encabeza el gasto farmacéutico. Salut se propone frenar la tendencia a tratar con fármacos crisis dolorosas y problemas cotidianos. Una de cada cuatro visitas que reciben los médicos de los centros de asistencia primaria (CAP) de Catalunya corresponden a personas que relatan un episodio de ansiedad, insomnio o depresión, no graves, que les impiden afrontar con normalidad la vida cotidiana.
La mayoría de esos usuarios salen del ambulatorio con la receta de un ansiolítico o un antidepresivo de nuevo diseño. Esa tendencia ha multiplicado la factura por consumo de fármacos que asume el Servei Català de la Salut, cuyos responsables intentan invertir ambos fenómenos. Los antidepresivos, cuyo consumo ha crecido en Catalunya un 25% desde el 2001, encabezan el gasto farmacéutico que financia la Generalitat.
Por ellos pagó Salut 124 millones de euros en el 2005. Ramon Morera, responsable de la asistencia primaria en el Institut Català de la Salut (ICS) supone que la causa es la irrupción de una nueva gama de antidepresivos más pensados para inducir sensación de bienestar que para abordar las enfermedades mentales clásicas (sic), y su difusión en los CAP, donde los médicos de familia han incorporado un recetario que hasta los años 90 perteneció en exclusiva al psiquiatra. "Recomendamos a los médicos que no opten por los fármacos cuando sus pacientes sufren las crisis normales. --insiste Morera--. Es mejor recurrir a la fitoterapia natural, a la valeriana y a los consejos".
Supongo que entre los méritos de este fulano para ocupar el cargo que ocupa, está la capacidad de decir, sin perder la compostura ni soltar el trapo (partirse de risa) frases como la que acabamos de leer. ¿Qué son las “crisis normales”? ¿Para qué sirve la valeriana? ¿Quién tiene tiempo para dar consejos?
Las “autoridades sanitarias” decidieron, en su momento, no abordar adecuadamente el asunto de la salud mental. Los antiguos “especialistas neuropsiquiatras” que atendían entre 20 y 40 pacientes en consultas de dos horas, fueron eliminados y sustituidos por “centros de salud mental” en los que un equipo de profesionales de la psicología y de enfermería psiquiátrica, junto con varios psiquiatras, atienden similar número de pacientes.
Por supuesto los pacientes son mejor atendidos, pero (igual que antes) la asistencia es poca para el potencial número de clientes. Habida cuenta que un centro de salud mental es muy caro de mantener, las “autoridades sanitarias” aconsejan a los médicos de familia atender, ellos mismos, a los pacientes que, en lógica, deberían ser derivados a Salud Mental. Los médicos de asistencia primaria tienen más o menos 5 minutos asignados por paciente. Tiempo del todo insuficiente para evaluar, de forma adecuada, cualquier tratamiento psiquiátrico.
Por otra parte, los responsables de “gastos de farmacia” aconsejan a los médicos de primaria recetar antidepresivos antiguos, muy baratos (y con infinitos efectos secundarios en comparación con los modernos). También les instigan machaconamente a emplear valeriana y vitaminas (que no están financiadas por la sanidad pública) de manera que el gasto se limite.
Bien es verdad que ello repercute en alargamiento de las bajas médicas, en pérdida de calidad de vida para los pacientes y sus familias y, en bastantes de los casos, ayuda a hacer crónicos los problemas que luego van a requerir más tratamiento y más gasto sanitario. Pero esto es algo que a los gestores sanitarios les suele importar poco. Lo que tiene que cuadrar es el día a día. Sin darse cuenta de que, a la larga, los gastos se han disparado en su propia administración. Si se sumasen los gastos dimanados de las bajas laborales, o de los procesos por incapacidad permanente y absoluta a causa de depresión, el resultado sería escandaloso.
Pero esto, a los gestores de la sanidad les importa un comino: es harina de otro costal, son gastos que van a parar a otro ministerio (Trabajo y Seguridad Social, en vez de Salud). Salud, en lo referido a enfermedades psíquicas y psicosomáticas, se convierte en una especie de “servicios mínimos”, tomadura de pelo incluida. Los consejos que se dan son del tipo: “No se ponga de los nervios”, “cálmese”, “no tiene nada”, “si está así es porque quiere”, “un poco de valeriana basta”, etc. Y esto si no le dicen que los psicofármacos son droga, que quienes los toman se vuelven adictos o impotentes, o cosas peores.
Estudiad mucho, niños y niñas, que si no tendréis que dedicaros a la gestión sanitaria.
No se confíen los que tienen la escandalera fácil. En este artículo hablo de ciegos, de sus perros, de la entrada de estos en los hospitales, de la utilidad de algunos celadores, de restaurantes chinos, de taxistas prepotentes, de Francisco Alarcón y de José Antonio Primo. Buena (y patética) mixtura.
Los invidentes se quejan, muchas veces, de las dificultades que se les ponen para el acceso a sitios públicos, por ir con sus perros. Cerca de un millar de perros guía ayuda a personas ciegas en su vida cotidiana, pero, hombre y perro todavía encuentran a diario barreras invisibles que salvar. En las leyes españolas, los ciegos con perro tienen permitida la entrada en todas partes, aún en los locales o centros donde esté expresamente prohibida la entrada con perros.
Pero, aún así, en muchos locales de propiedad privada, o pública, se les ponen cortapisas vejatorias, cuando no prohibiciones absolutas. Lo que más me intriga la imposibilidad de entrar, con el perro guía, a un centro hospitalario. Dicen los trabajadores de la sanidad pública que, al menos un 70% de ellos (médicos, enfermeros, celadores, etc.) han sido maltratados de palabra o de obra por usuarios agresivos. ¿Cuántos perros guía hallaríamos entre esos ofuscados pendencieros? ¿Acaso los perros fuman en los hospitales, donde está completamente prohibido fumar? ¿Grupos de ciegos organizados persiguen a los sanitarios por los pasillos del hospital, remedando con sus perros la caza del zorro?
Dicen los ciegos que les ofrecen, en los hospitales, la compañía de un celador mientras se deja el perro atado a la puerta. Lo encuentro muy despectivo. Cambiar un perro perfectamente entrenado para su labor por un celador hospitalario parece un sinsentido. Bien es verdad que el celador puede acompañar al ciego. Pero ¿no sería más útil celando, o sea, cuidando, vigilando, custodiando, acechando las puertas del hospital y dando sus sabias informaciones a los pobretes que allí se aventuran a preguntar? No creemos que el perro, allí amarrado, pueda contestar a derechas ninguna pregunta, aunque, indudablemente, los usuarios apreciarían muchísimo su simpatía y meneos de cola, actividades poco prodigadas por bastantes de los celadores hospitalarios de nuestro país.
También dicen los ciegos que es un grave problema entrar con perro guía en un restaurante. Especialmente en un restaurante chino. Debe de ser en Madrid, porque, en Barcelona, el restaurante chino que, desde hace 35 años, está a cien metros de mi casa, es el único al que puedo ir con mis perros (nada guías por cierto) sin que el personal se escandalice. ¿Será que en los restaurantes chinos madrileños los perros detectarían el olor de sus congéneres transformados en chop suey?
Muchas veces se les niega la entrada en un cine. Eso no lo veo tan mal, porque ya me dirán ustedes qué hace un ciego en un cine. Quizá vaya para acompañar a su cónyuge, pero en tal caso me parece cruel llevar al perro, que puede acabar muy liado si le llevan a ver películas tipo Matrix, o sumamente deprimido si se trata de 21 gramos.
Algunos de los taxis no se paran si ven a ciegos con perros. Tampoco lo discuto. Se evita a los animales la insulsa y degradante conversación de esos taxistas que no admiten ciegos, taxistas que deben de ser fruto de un experimento genético, mediante cruces de asesinos a sueldo con guardianas de Auchswitz. Todo eso que ganan los ciegos y sus inteligentes animales.
En los aviones les dejan entrar, excepto si va más de uno. O sea, solo un perro por vuelo. Más ya es vicio. Un congreso mundial de ciegos debe de ser muy gravoso, pues a ciego por avión, los participantes pueden tardar varios meses en llegar a la ciudad organizadora. No sabía yo que los perros guía planteasen, en los aviones, más reticencias que los terroristas. Ahora obligarán a llevar policías, y muy probablemente perros policías entrenados para matar. Los perros de los ciegos son animales bondadosos y serviciales. Probablemente no harían buenas migas con sus congéneres de uniforme, entrenados para la suspicacia y el mordisco.
El bello verso de Francisco Alarcón de Icaza, grabado en una piedra de La Alhambra, dice:
Dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada.
Pues hay algo peor: ser ciego con perro en cualquier parte de nuestra adelantada España. Decía aquél iluminado llamado José Antonio Primo de Rivera que “ser español es una de las pocas cosas serias que se puede ser en la vida.”
Discrepo. Es una de las cosas más divertidas, pero más patéticas.
Gracias Juan. Pues no veas como disfruto yo escribiéndolos. Si encima gustan a alguien y tiene la amabilidad de decírmelo, fantástico. 16 de noviembre de 2006
Juan Acer ha dicho ...
PLAS PLAS!!! Impresionado, en cada artículo suyo disfruto como un chiquillo travieso. Me encantan sus artículos, gracias. 11 de noviembre de 2006
Debo advertir que, a pesar de mis buenas intenciones, en este artículo me paso (casi) un Congo. Empiezo bien, citando publicaciones de la OMS. Pero (a la que puedo) me lanzo al precipicio con disquisiciones y sarcasmos acerca de la continencia, de las iglesias verdaderas, de los sacramentos de la confesión y del bautismo, y de las oportunidades que pierde el Espíritu Santo para mejorar el estado de las cosas. Advertidos quedáis. Si lo citado dispara vuestra necesidad de sentirse ofendido, lo lograreis con creces si seguís leyendo.
Las relaciones sexuales de riesgo son la segunda causa de enfermedad y de mortalidad en los países en desarrollo y la novena en los industrializados, según informó ayer la Organización Mundial de la Salud (OMS). La organización de la ONU con sede en Ginebra ha coordinado la elaboración de un estudio sobre los problemas de la salud sexual y reproductiva en el que se denuncia un descenso de los fondos que se destinan a combatir las «crecientes injerencias políticas» y la «reticencia general a plantar cara a este tipo de amenazas». El estudio, que se ha elaborado con datos de 59 países y que ha publicado esta semana la revista «The Lancet», revela que los matrimonios cada vez más tardíos propician las relaciones sexuales previas. Esa situación, a su vez, explica el aumento de embarazos no deseados, abortos fuera del control médico y la propagación de enfermedades de transmisión sexual entre los jóvenes.
Así, la organización sanitaria calcula que cada año podría haber en el mundo cerca de 80 millones de embarazos no deseados, de los que 45 millones se interrumpen, así como 19 millones de abortos que se practican fuera del control médico. Esos abortos se traducen «en unas 68.000 muertes y millones de atentados contra la salud e incapacitaciones permanentes», dice la OMS. Además, anualmente más de medio millón de mujeres muere a causa de complicaciones derivadas del embarazo y del parto.
Fantástico. Para que vayan quejándose quienes abjuran de la educación sexual en anticoncepción, sustituyéndola por la educación en la continencia. Amemos a Laura.
En cualquier caso, la OMS asegura que el acceso mundial a métodos anticonceptivos ha mejorado, aunque calcula que aún hay en el mundo cerca de 120 millones de parejas «que no los consiguen, a pesar de que sí querrían utilizarlos o los necesitarían».
«Estas estadísticas son muestra de un espantoso catálogo de dramas humanos», asegura la subdirectora general de la OMS para la Salud Familiar, Joy Phumaphi, para quien «la comunidad internacional cada vez da menos prioridad a este tipo de problemas».
Entre 1995 y 2003 el apoyo de los donantes de fondos para la planificación familiar cayó de 560 a 460 millones de dólares anuales, según los datos del estudio.
Supongo que la subdirectora Phumaphi ya debe de haber sido convenientemente excomulgada, si acaso perteneciera a nuestra iglesia (iglesia que, por otra parte, es una de las únicas verdaderas).
¡Qué mala suerte tengo de no pertenecer a (mi) Iglesia! En lugar de sufrir por el demoledor registro, me consolaría pensando que los pecadores que incurren en este tipo de embarazos tienen merecido lo que les suceda. Con lo fácil que resulta mantener la continencia para quienes tienen el espíritu formado. Uno de los padres de la iglesia, Orígenes, se castró para evitar las tentaciones de la carne. O sea, que (quizá) no será tan fácil eso de la castidad. No nos vayamos a castrar. La gran ventaja de los católicos es que, en el caso de abortar voluntariamente (o de cometer cualquier otro pecadito) se confiesan y sus deudas les son perdonadas.
La pena (un pequeño detalle) es que la Iglesia tiene poder para perdonar los pecados y sanar el alma. Pero no para evitar el SIDA o para prevenir embarazos. Partiendo de la doctrina inherente a la maldad intrínseca del hombre (derivada del pecado original) debería revisar los dogmas sobre el Bautismo. Parece que el sacramento que perdona dicho pecado no nos hace buenos por naturaleza, ni inmunes al SIDA u a otros aditamentos no deseados del placer sexual. Sería un marketing fastuoso convencer al Espíritu Santo de que, de la misma forma que habla por boca del Santo Papa y designa a éste hipnotizando (o así) a los cardenales, provea de propiedades profilácticas al Bautismo, que no dejaría de ser una ayudita para la salud pública al tiempo que una fuente insaciable de conversiones (especialmente entre los pecadores más inveterados, o las gentes más pobres).
Los negritos (y negritas, no seamos sexistas) del África tropical son quienes peor lo deben de pasar, y lo seguirán pasando. Con tasas de SIDA (reconocidas) del 30% (y no reconocidas del 50 al 85) y todo el inventario de complicaciones ginecológicas asociadas a la pobreza y a la dejadez higiénica, mueren a edades muy tempranas, apenas iniciada la nubilidad.
Veo que los países donantes de fondos para la planificación familiar se apuntan rápido a los clubes de continencia. Amemos a Laura (desde lejos). Siempre nos quedará Barcelona si (por 4000 roñosos euros) queremos abortar en clínicas bien pertrechadas, que cuentan con capellán confesor de guardia para impartir la benéfica absolución tras la dolorosa contienda (a jeringazos) con el feto de 30 semanas.
Todo depende. Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, consideraba que el alma entraba en el feto a los 40 días de embarazo (caso de los niños) o a los 90 (caso de las niñas). En el código del Fuero Juzgo se recogía esta idea, castigando con destierro el aborto antes de esas fechas, y con muerte por garrote vil si se sobrepasaban Como que veo que eso es potestativo (relativismo se llama esta figura) y cambiante en la misma iglesia, además de indemostrable, colijo que se trata de un tema de fe y, probablemente, de gracia. Ni una ni otra se me han sido concedidas, por lo que me parece bien tu manera de sumar, pero, ¡ay! no es la mía. En este caso (pudiendo elegir) prefiero estar de acuerdo con las matemáticas de Santo Tomás de Aquino. 12 de noviembre de 2006
Matías ha dicho ...
Te fallan las matemáticas, Juan. A las 60.000 madres muertas como consecuencia de los 45 millones de embarazos interrumpidos, hay que sumarle la muerte de 45 millones de niños antes de nacer. 12 de noviembre de 2006