Dudas existenciales
Mi Blog  |  Recomendar este blog a un amigo
15 de agosto de 2008    |    0 Comentarios
Paseo militar


Regalo caido del cielo

Los rusos, tras anunciar el alto al fuego, penetraron en Georgia, hasta Gori, ciudad situada en la franja de seguridad. Con ellos entraron “paramilitares” osetios, que saquearon la ciudad. Mataron a quienes se oponían (pocos, pero los Georgianos no poseen el pragmatismo caucásico) y se les llevaron hasta los llaveros. Luego quemaron sus casas. Anunciaron que irían hacia el sur, a Tblisi. El ejército georgiano que defendía el camino de Tblisi todavía corre. Por supuesto era una broma. Tras masacrar Gori, volvieron tranquilamente a su santuario Osetio, no sin antes repasar toda la zona froneriza del norte.

A Viggo le parece bien lo que han hecho los rusos y los osetios, todo muy caucásico. Solamente el 30 % de osetios son originarios del Cáucaso, pero tan cristianos como los georgianos o los rusos. Viggo considera que una guerra sin saqueo ni matanzas no es una guerra, y que si los cristianos se matan entre ellos, allá películas.

El coronel Marcus prefiere no opinar, aunque se le aprecia una cierta admiración por sus enemigos rusos. Si Georgia entrara en la Otan, dice, lo primero que debería hacerse es una liberación estilo Irak, o Afganistán, para poner un gobierno más acorde con los valores de la libertad occidental. Los gobernantes de ahora, colgados al estilo Saddam.

Nuestros compañeros sicilianos, Marco y Giovanni, están un poco descolocados. Son negociantes con empresas de servicios y, bien que de Corleone, llevan años viviendo en Milano. Les encantó la caza del lémur, que les hizo revivir la entrada norteamericana en Sicilia, en 1945, y la posterior persecución de nazis, aunque ellos, buenos católicos, colaboraron con los cardenales entregados a la humanitaria labor de llevar alemanes a Sudamérica, a cambio de bulas eclesiales y dinero en efectivo. Por la tarde se fueron a hacer la siesta.

Por iniciativa de Viggo el resto hemos salido para llegarnos hacia el noreste de Georgia, y ver cómo está allí el ambiente. Previamente Viggo ha hablado con unos amigos de Moscú que nos han allanado el camino. Nuestro helicóptero ha sobrevolado varias zonas todavía recorridas por tanques rusos. De hecho están limpiando cualquier atisbo de defensa georgiana, desde Ajbasia, al oeste, hasta Chechenia, al este. Nadie nos ha molestado. Los rusos, porque nuestra frecuencia era amiga, y los georgianos, por si acaso. Nuestro coronel de la Otan estaba impresionado. Esto es dar una guerra por acabada, dijo.

Pasamos por los restos de Gori. Quedaban estrictamente tres supervivientes. Un matrimonio de judíos ancianos, que en su momento nadie se puso de acuerdo acerca de quiénes les debían matar, y un probable retrasado mental que daba vivas a Stalin. Viggo ofreció a los judíos llevárselos a Ingushetia, donde hay comunidades judías en paz. Él mismo apadrina varias familias hebreas. Aceptaron encantados. El retrasado se agarró a la estatua del padrecito que quedó en pie en la plaza mayor, y chilló que no la soltaría ni muerto. Los hombres de Viggo le demostraron su error y, tras la interesante lección, volvimos a nuestra base. Merendamos por el camino.

Tras la cena, juegos de salón. Los nietos sicilianos tenían Nintendos DS y nos enseñaron el Brain Training. Viggo sacó una edad cerebral de 40 años. El coronel Marcus sacó 80 años y estaba orgulloso, convencido de haber ganado. Le dijimos que ni Bush.



13 de agosto de 2008    |    0 Comentarios
Juegos de fiesta mayor


Lémur poco antes de ser capturado. Obsérvese la mala fe de estos
animales, capaces de manejar crueles sistemas de defensa.

Bien es verdad que Viggo, oficialmente, es musulmán. Prácticamente todos los ingushos, como sus vecinos chechenos, pertenecen al Islam suní. No es menos cierto que muchos años de URSS y ateísmo fueron enfriando los fervores, especialmente entre las clases dominantes, que siempre fueron las mismas. La familia de Viggo tiene antecedentes escritos desde el siglo XIV, cuando todavía eran cristianos ortodoxos. Bajo la invasión turca, en el XIX, fueron pragmáticos y prefirieron convertirse a morir empalados. Sabiduría montañesa. Con la URSS ateos devotos. ¿Ahora? Bien, gracias; nada sucede sin que Alá (el más grande) no lo permita.

En un pueblo de clanes, el de Viggo tiene un poder notable. Casi un cinco por ciento de la población ingush es tutelado por Viggo. La verdad es que su nombre ingush es Damla, que significa “la paz sea contigo” en lengua ugro-finesa, posiblemente transmitido desde los otomanos. Eligió el sobrenombre de Viggo por su significado en lengua escandinava originaria: “campo de batalla” más acorde con su talante.

El juego que nos perdimos por culpa del coronel de la Otan es una especie de polo, al parecer originario de Kazajistán, aunque muy practicado por algunas tribus del Cáucaso y de Afganistan. La gracia es que se juega sin demasiadas reglas, empleando, en lugar de bola, la cabeza de un enemigo vencido, de alto rango. Por si acaso no hay guerra en el tiempo de las fiestas patronales, los capturados suelen conservarse, vivos, en cárceles durante años si conviene, y se les decapita poco antes del partido para que las cabezas luzcan lozanas. El lémur teniente coronel ruso iba destinado a un partido de exhibición con el que Viggo nos quería obsequiar.

El partido se jugó igualmente, en una variante que consiste en disputarse la pertenencia de una cabra sacrificada al inicio. Los palos, más cortos que los de polo, se emplean para dar en la cabeza a los rivales. Más que dos equipos, que en teoría es así, se acaba en una especie de todos contra todos. Los caballos también participan, coceando a sus rivales o a los contendientes caídos. No es raro que cuatro o cinco caballos acaben entrando dentro de una portería (o sobre el público) y derribándola, a pesar de que el reto no es meter goles, sino poseer los restos de la cabra en el momento en que se termine el tiempo de juego. Las apuestas son vigorosas, y los árbitros se limitan a mirar sus cronómetros, y a huir despavoridos tras dar el pitido final pues es legendaria la costumbre de apalearles, antes de desmembrarles, por apostadores que habrían deseado ver prolongado el tiempo de juego. Para evitarnos el trago, Viggo hizo que sus hombres protegiesen a los árbitros, lo que exigió algunos disparos de advertencia ante los perdedores airados. Bien es cierto que al tercer muerto se dieron por advertidos y acabó la fiesta en paz.

Otras diversiones consisten en soltar lémures por los valles, darles una ventaja de una hora, y perseguirles luego a tiros. Las águilas también juegan su cuarto a espadas, y los mongoles suelen ganar las contiendas. Mis perros también disfrutan lo suyo persiguiendo y mordisqueando lémures. No los matan ni se los comen, pero les arrinconan contra una roca hasta que llegamos nosotros y capturamos las piezas. Siempre he soltado a los lémures que he pillado, aunque, siempre también, han acabado cazados por un águila o por los certeros disparos de los ingushos. La pinta de los lémures se asemeja al uniforme de la guardia Urbana de Barcelona, por lo que debo atar en corto a mis perros cuando paseo con ellos por la capital catalana. Más de un urbano me ha mirado con mala cara, pero ninguno ha tenido los huevos de pedirme la documentación del impuesto canino, sospechando (certeramente) que, si metía mano en el bolsillo para sacar los documentos, se podría soltar algún animal.

En la sobremesa, que suele durar hasta las siete de la tarde, comentamos el desastre georgiano, predicho por Viggo desde el primer minuto de juego. Las tres reglas de la guerra, según él, son pegar primero, pegar fuerte y seguir pegando. Los georgianos fallaron en la segunda. Penetraron en Osetia, masacraron civiles (lo debían de encontrar divertido) y permitieron que unas “fuerzas de interposición”, doce veces inferiores en número, se atrincheraran en el único paso a Osetia del norte, que es un túnel. Lo primero era tomar el túnel, pero se enmarañaron en el camino, matando mujeres y niños, a los que querían convencer de las ventajas de pertenecer a la patria georgiana. Conozco este percal. Fueron muchos años de cantar el "Viva España" y el "Cara al sol" para dejar de ser un perro catalán y acabar adorando a la unidad de destino en lo universal, lo que ahora llaman solidaridad (unidireccional, por supuesto). Yo lo llamo cornudo y pagar el vino.

Los rusos reaccionaron y tuvieron tiempo de mandar a sus tropas (cien veces más amplias y mejor pertrechadas que las de Georgia) y a sus aviones que, sin pasar por el túnel, jugaron a marcianitos con los georgianos y les dejaron sin aeropuertos, sin aviones, sin radares y, por si acaso, convirtieron en un foso pelado una generosa franja de tierra adyacente a la frontera con Osetia, incluyendo todas las ciudades que tuvieron la mala suerte de haber sido erigidas, cientos de años antes, en los cien kilómetros que se considerarán, a partir de ahora, tierra de nadie (de nadie que quiera estar vivo). Es divertido que los rusos, para justificar sus actos, repiten de pe a pa el mismo argumento que esgrimía la UE al hablar de Kosovo). Los perros Osetios van a ser osetios; bien por ellos.

Viggo no me secunda. Para él los osetios no deberían ser independientes, ni georgianos. Simplemente debieran desaparecer. No es por centralismo, ni mucho menos. Es este maldito carácter de las gentes del Cáucaso, que tiene su lado oscuro de romanticismo cruel, bien que muy estético.

Ya os dije que Viggo considera al presidente georgiano como un demente (en esto coincide con Putin) y, añade, que se ha ahorcado con la cuerda que creía le daban los americanos, quienes se han apresurado a condenar a los rusos, pero no han movido ni la punta de una patita para ayudar al georgiano obtuso. El coronel de la OTAN, que es de intendencia, ni sabe ni contesta.



11 de agosto de 2008    |    3 Comentarios
Psicología caucásica


Haciendo kayak en el Cáucaso

Verónica es la esposa de Marc G. un amigo cardiólogo. Ambos nos acompañaron en nuestro primer viaje a Ingushetia, allá por el dos mil. Presumían de ser muy viajados (sospecho que siempre a través de agencias de Halcón viajes). Ella era entre rubia y pelirroja, y con una cuarentena bien llevada. Cuando Viggo nos rescató en el paso fronterizo, en pleno Cáucaso, se le abrazó llorando y dando las gracias.

Viggo, que no soportaba ver llorar a una mujer (especialmente si, al abrazarle, le clavaba las tetas) se encaprichó con ella. Vero se dejaba querer, pero cuando Viggo pasó a arrinconarla en un pasillo, mientras le sacaba al aire los pechos, se hizo la ofendida. Viggo cambió de táctica y le ofreció a Marc regalarle un hummer si le dejaba jugar con Vero. Al principio dudas, hasta que le expliqué que mejor ceder, que nos interesaba estar a bien en aquella zona. El argumento definitivo fue la posibilidad de atacar a los mossos d’esquadra con la ametralladora del hummer, si, al volver a Cataluña, querían multarle por exceso de velocidad. Su mujer se negó en redondo y le llamó calzonazos. Él se engalló y dijo que total, con lo frígida que eres, ni te vas a enterar. Ella arguyó inepcias masculinas debidas a pene lacónico y eyaculación veloz.

Total que Marc se quedó sin hummer, y Viggo se folló a Verónica gratis. Luego me dijo que frígida no era, aunque posiblemente mal trabajada.

Este año Viggo está de muy buen humor. Me dice que los de Georgia están en una excelente disposición para comprar aperos de los que él proporciona. Los únicos competidores son ukranianos, y los rusos les han cerrado la única vía, la marítima, por lo que Viggo está en condiciones de aumentar el precio sin que los otros protesten. Los rusos han sido implacables hasta ahora y han dejado a Georgia sin aviones. Dos que tenían, dijo Viggo, y se los han derribado. No me quisieron comprar hace un año, y ahora les haré sudar un poco, añadió.

Viggo cree que el problema básico es el orgullo ruso, los intereses del petróleo y la estupidez del gobernante georgiano incapaz de entender que con dos aviones no se monta ni un parque de atracciones.

Hablando de atracciones, ayer, después de la cena, Viggo nos llevó a una especie de hangar, apartado, donde sus hombres tenían vigilados unos animales de raza extraña (ellos les llaman “lémures” pero nada que ver con los que yo conocía de Siberia) con los que al día siguiente montaríamos un juego. La verdad es que los animales eran muy curiosos, pues parecían ir vestidos de uniforme ruso, y pedían a voces clemencia (en ruso). Uno de ellos se empeñaba en que era un teniente coronel. Sin dirigirse a ellos Viggo me comentó, en ruso, que estos lémures eran de armas tomar, que los cazaban en salidas por Osetia, y que no hiciese caso de lo que decían que eran muy embusteros.

Nuestro coronel americano, Marcus G., se interesó por el lémur de mayor graduación y me pidió si podía interceder por él ya que Viggo parecía tenerme deferencia. Supe lo que pasaría, pero para complacer al coronel, le pedí a Viggo que librase al lémur vestido de teniente coronel. Viggo sonrió, y, en ruso, dio órdenes a sus hombres de soltar a todos y acompañarles a Osetia. Los hombres también sonrieron. Los lémures aullaban de agradecimiento.

Nunca lo supo el americano, pero, nada más salir nosotros, los ayudantes de Viggo degollaron a todos los lémures, mando incluido. Sus gritos de espanto y de “No habéis entendido a vuestro jefe” fueron confundidos por el coronel de la OTAN que creía que aún gritaban vítores a nuestras madres y soltó unas lágrimas de emoción.

Viggo me había explicado, hace años, el placer que le da anunciar el perdón a todos los condenados, y ajusticiarles a continuación. Costumbres algo bárbaras, pero, en el Cáucaso ya se sabe.

Mañana os explico el uso que se les suele dar a los lémures, cuando no hay patosos piadosistas que metan baza en esos asuntos, tan estrictamente locales.



9 de agosto de 2008    |    1 Comentarios
La llegada

Este año van mal dadas. Desde nuestro primer encuentro, casual, con Ingushetia, nunca hemos vuelto en coche propio. Volamos a Ankara y allí nos recogen algunos choferes, armenios, de Viggo en sus hummer blindados. Atravesamos la frontera con Georgia horas antes de que las cerraran todas por la guerra con los rusos. Entre Georgia e Ingushetia no hay fronteras para la gente de Viggo.

Los Ingushos se llevan mal con todo el mundo, pero, entre rusos y georgianos no hay color. Los enemigos de los rusos son bien vistos en Ingushetia. Los ingushos nunca han pretendido la escisión, como los chechenos, porque ya les va bien. Hay pocos rusos allí, no como en Osetia del Sur que casi todos son colonizadores llegados en la época soviética. Matar Osetios tiene, para los ingushos, el doble aliciente de ser, probablemente, rusos.

Este año he ido solamente con dos perros. Drake y Yanek. Su madre común, Zucca, murió a los 10 años a causa de un tumor cerebral maligno. Viajan en la zona perruna del avión, pero llevan implantados chips con GPS. Localizables en todo momento. En Ankara, al recogerles, debo contenerles para que no muerdan ningún turco, cuyo olor parece desagradarles. Los armenios de Viggo, en cambio, les encantan. Sospecho que los armenios, en ratos libres, les han enseñado a atacar turcos.

Curiosamente Viggo se lleva bien con Putin. Desde sus tiempos en la KBG habían compartido algunos negocios. De hecho todos los armenios de Viggo son ex del KBG. Gente muy respetuosa y educada, que se santiguan por las almas de cada ruso que matan. No así con los turcos, a quienes lanzan sus mejores esputos tras dejarles en paz.

Este año tendremos buen agosto, en buenas compañías. Están invitados algunos amigos del clan. Los tres mongoles son habituales, con sus águilas, pero este año se les ha unido un kazajo que, también con su águila, hará demostraciones de doma. Ningún ruso este año, porque los de la última vez hicieron trampas al póker y debieron ser liquidados según las normas sagradas del noble juego. No es que no se puedan hacer trampas, yo mismo las hago, pero no debes ser pillado pues te hacen pagar prenda. Dos sicilianos de unos 60 años, con sus esposas, y con dos nietos hiperactivos. También estará un militar americano, coronel, que trabaja en la OTAN y también llega a buenos acuerdos con Viggo.

No he explicado todavía que Viggo es un terrateniente, jefe de clan, que vive en el fondo de un valle recóndito al que se llega tras parar por un camino de águilas, que rodea las montañas como un gran circo, y que discurre por un sendero de tierra y piedras de no más de tres metros de ancho con precipicios entre 400 y dos mil metros al borde. Para llegar al final del camino hay que vencer tres trozos derrumbados. Pero que tienen truco. Por medio de un mando a distancia de despliegan unos puentes mecánicos que permiten salvar el abismo y provocar crisis de pánico a los invitados.

La cabeza del valle está a unos dos mil metros, y existen varios caminos de montaña, conocidos solamente por las gentes de Viggo, que permitirían pasar al otro lado en caso de necesidad. Viggo se dedica a la enología, por afición, y cultivan viñedos en zonas más bajas del valle. Otros de sus negocios tienen que ver con la importación y la exportación, no me pregunten de qué.

Al llegar a la casa, Helena, mi esposa, y yo, fuimos recibido por Viggo y Petra, su esposa, con un cálido abrazo. Drake y Yanek se fueron a saludar efusivamente a las águilas. La primera vez que se vieron tuvieron sus más y sus menos, pero Drake mordió al águila jefe en un ala y le explicó (en el más comprensible de sus lenguajes) que si intentaba otra vez agarrar algún perro, se las vería con él. Las águilas tienen ventaja si van volando, pero en tierra son muy sosas. Al cabo se hicieron amigos, y era un gozo ver a las águilas intentando orinar levantando la garra en los árboles. El águila kazaja miraba a los perros de reojo, aunque no más que a sus competidoras mongolas. Tras un ladrido de Drake, miró al soslayo, fuese y no hubo nada.

Esa noche nos obsequiaron con una cena de gala. Los mongoles y el kazajo prefirieron su propia dieta a base de carne seca de yak y leche agriada con fermentación alcohólica. La mezcla con vodka resultó funesta y Viggo debió avisar a los armenios para que desarmaran por completo a los asiáticos, evitando así que se mataran entre ellos, o nos matasen a nosotros, que no ´se ponían de acuerdo en la labor. Ningún problema. Nos reímos mucho cuando les llevamos a sus estancias y se equivocaban de águila. Los bichos estaban mucho más serenos que sus dueños, y fueron ellas las que dirigieron la operación de repartírselos. Mis perros, tras oler a los dormidos, se les orinaron encima, lo que mejoró su penetrante aroma.

Viggo siempre me pregunta por Virginia, la compañera catalana que, la primera vez, nos acompañaba, y que quiso comprar (con gran enojo de su marido, pues ella se negó al trato). Mañana les cuento.



8 de agosto de 2008    |    1 Comentarios
Mis vacaciones en Ingushetia

Hace ya más de ocho años que viajo, con cierta frecuencia, a Ingushetia. Llegué allí por casualidad. Hacíamos un tour en 4x4 por Turquía, y, ya puestos, pasamos a dar una vuelta por Georgia. Eran días de escándalo en Chechenia, y, estando cerca, decidimos ir allí a ver qué se cocía. Llevábamos cinco coches Land Rover cuidadosamente preparados para aguantar hasta desiertos, y pensábamos, con la locura que nos entra a los catalanes al salir de España, que, fuéramos donde fuéramos, seríamos bien recibidos y nos pagarían las consumiciones.

Se ve que nos perdimos, y nos pararon en un puesto fronterizo entre Osetia e Ingushetia. Todos los países del Cáucaso están habitados mayormente por bandidos organizados en clanes y mafias. Entre ellos se odian a muerte, pasión solamente superada por su inquina a los rusos.

Los guardas fronterizos, o lo que fueran, lucían aspectos patibularios y departieron un tiempo hasta decidir qué hacer con nosotros. Mientras, nos colocaron en una cabaña sucia. Mis tres perros fueron dejados con nosotros, aunque despertaban miradas golosas entre los guardianes. Ignoro si querían comérselos o simplemente quedárselos. Miradas similares eran dirigidas a las mujeres del grupo, al fin y al cabo flacas para hacer una buena olla. No querían comerlas supongo.

Uno de los que nos cuidaba pidió por el jefe, y mis amigos me señalaron a mí porque estaba distraído. Llevado ante un mando, éste con una mezcla de osetio, ruso, georgiano y algo que se parecía al inglés, me dio a entender que a nuestros papeles les faltaba un sello, por lo que nos quitarían los jeeps, los equipajes y el dinero, nos violarían (a hombres y mujeres) por todos los agujeros útiles y después nos degollarían, eso sí, de cara a la Meca, que eran creyentes de bien. Los perros, también degollados y descuartizados, serían dados como pienso a sus águilas.

A pesar de su semblante amable al explicarme estos destinos, se le veía determinado a cumplir con los trámites fronterizos.

En ese momento se oyó un tumulto en el exterior. Por la ventana vi que tres Hummer blindados y con ametralladoras estaban afeitando a nuestros captores. El mando salió y se arrodilló ante el evidente comandante de los recién llegados. Se bajó los pantalones y se ofreció a degollarse él mismo. El comandante lo miró con desdén y le disparó en la cabeza.

Los nuevos dueños de la situación eran tan malcarados como los anteriores, aunque su jefe, que luego supe se llamaba Viggo, era un hombre elegante, aún de guerrillero, y hablaba un excelente inglés. Me informó que ellos eran ingushos en tanto que quienes nos habían detenido eran osetios. Una raza abominable, comentó. Si nosotros éramos enemigos de los osetios, seríamos sus amigos. Nos invitó a seguirles hasta su casa, en un valle recóndito situado unos 200 km más arriba.

Conforme emprendíamos el camino vi que los tres hummer que nos habían rescatado venían protegidos por unos 6 más, idénticos, alguno de los cuales no llevaba ametralladora sino un respetable cañón.

Sus hombres condujeron nuestros coches, y nosotros fuimos invitados al hummer de Viggo, una especie de limusina donde cabíamos cómodamente diez personas, más los perros y los ayudantes de Viggo, que eran armenios. Nos dijo Viggo que eran los únicos de la zona en quienes se podía confiar, aparte de las personas de su propio clan, no todas quizá.

Le pregunté si estaban haciendo una excursión de caza, y me dijo que no. Que era un picnic de amigos. Nos avistaron con prismáticos e, identificados los osetios, decidieron que era un buen momento para correrla un poco.

Más adelante supe que los ingushos eran los considerados más abominables entre los caucásicos. También descubrí que, habiéndonos honrado con su protección, pasábamos a ser parte de la familia. Estuvimos dos semanas en casa de Viggo y, en sucesivas entregas, explicaré las cosas que sucedieron y los fastos que montaron para distraernos.