
Las vacaciones de Ingushetia se complicaron este año. En pocos días pasaron bastantes cosas. En primer lugar quedamos casi aislados, pues los amigos rusos de Viggo recomendaron que no moviésemos ficha, que pintaban bastos y se sabía que teníamos con nosotros a un alto empleado de la OTAN. El militar, Marcus, no sospechaba nada, pero los rusos decidieron venir a por él y llevarlo a lugar seguro, más que nada por si podía servir en algún momento como moneda de cambio. De un día para otro, dejamos de verle.
El kazhajo, con su águila, decidió volver a su tierra, pues era un hombre importante en los negocios del petróleo de Kazhajistan y los problemas en Georgia provocaban la necesidad de cambiar de oleoductos. Los mongoles creyeron que les hacía un feo para no medirse con sus águilas, y también plegaron sus tiendas.
Viggo recibió noticias fidedignas acerca de cambios de alianzas con sus amigos napolitanos. Los sicilianos que estaban con nosotros pasaban a ser gente non grata. Viggo me consultó acerca de cómo arreglar la situación. Los napolitanos sugerían que los sicilianos y sus nietos desaparecieran de forma discreta. Viggo odiaba eliminar niños, aunque fueran tan mal educados como los que nos ocupaban. Le sugerí la idea de mandarles a algún emirato árabe, pasaportes nuevos, recomendándoles que no se acercasen a Italia ni para ver al Papa. Aceptaron, cómo no.
Nos quedamos solos, en el refugio montañoso de Viggo. Los judíos georgianos que habíamos salvado, estaban estupendamente bien en el pequeño gueto hebreo, donde unos cuantos protegidos de Viggo se dedicaban a sus artes tradicionales, sastrería, etc. Los niños más espabilados son educados con gran aplicación y enviados por todo el mundo a dirigir franquicias de los múltiples negocios de Viggo. Nadie como los judíos (ukraineses, georgianos…) para manejar este tipo de comisiones con total esmero, prontitud y eficacia. Máxime cuando sus familias quedan en Ingushetia.
A finales de agosto, recogí a mi mujer y mis perros, y volvimos vía Moscú para evitar atravesar Georgia. Una vueltecita por la plaza Roja me permitió comprobar que la tumba de Lenin sigue siendo un atractivo. Ahora los visitantes no tienen reparos en santiguarse ante el padrecito. Está tan bien conservado que me niego a creer que sea el original. Supongo que es una copia en Látex. Solo le falta un mecanismo de animatrónic para abrir los ojos y saludar puño en alto. En los alrededores venden muñequitos de Lenin yacente, algunos de los cuales, de mazapán, son deglutidos fervorosamente por los viejos bolcheviques allí llevados con autocares del inserso. Unos popes se ofrecen a bendecirlos antes de comerlos, con lo que se ganan indulgencias. También venden caramelos chupones con la cabeza de Lenin y de Stalin. Mis perros discutieron acerca de la posesión de un muñequito de mazapán (Lenin) que un niño irreverente tiró al suelo tras decir que le daba asco. Se lo quedó Drake, que es el más fuerte, pero le compré otro a Yanek, que, antes de comérselo, lo lamió con gran delectación provocando vítores de los viejos bolcheviques, todos ellos con demencias tipo alzheimer.
En el aeropuerto saludamos a los comandantes de nuestro vuelo, ruso por supuesto, que ya iban por la tercera botella de espirituoso. Comentaron la estupidez del comandante de Spanair de fiarse de los controles que no funcionaron. Ellos no se fían y miran por la ventanilla a ver si los alerones se abren o no. Jamás piden arreglos de última hora, pues los mecánicos, cabreados, suelen desconectar todas las alarmas para que no suenen sin motivo. En tales casos, tampoco suenan con motivo, por lo que mejor no contar con ellas. Cuando les pregunté cuál era su método para sobrevivir en tales condiciones, no dudaron en decir ”Vodka”, y se soplaron dos botellas más antes del despegue, más que nada para aguantar el palo que es sacar la cabeza por la ventanilla hasta que todo está bien.
Viggo vendrá a Barcelona por las fiestas de la Merced. Ya os contaré sus andanzas por nuestra infernal ciudad, en tiempos de cólera.