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Uso de razón
Una adolescente británica de 13 años, aquejada de leucemia, no tendrá que someterse a un trasplante de corazón, al que querían obligarle las autoridades sanitarias por el grave problema de cardíaco que padece. Dicha lesión deriva de efectos secundarios causados por los tratamientos para leucemia contra la que lucha desde los 5 años de edad. El padre de la niña suplicó a los jueces que la escucharan antes de tomar su decisión, y lo hicieron. La niña les convenció. Los jueces respetan su idea de no operarse, y no le obligarán a hacerlo. No voy a hacer ningún tipo de consideración ética al uso. Ya hay suficientes personas opinando acerca de la licitud de la decisión judicial o de si una niña de 13 años tiene suficiente capacidad para decidir acerca de su vida. Lo único que opino es que me parece maravilloso que los jueces hayan hablado con la menor y comprendan su situación. Mi ética se basa en la declaración universal de derechos humanos (vida, integridad, libertad, dignidad) y en el respeto a que cada cual (mientras no conculque derechos de otros) obre en conciencia. La niña británica ha obrado en conciencia. Creo que, en este caso, es la única que posee todos los elementos de juicio que permiten una predicción. Quizá su conclusión, tan lógica como emocional, sea exactamente la que expresó: “Ya he tenido bastante con tantos hospitales y quería ir a casa”. No me extrañaría que hubiera pensado también que, en sus circunstancias, muerta no estaría peor que viva.
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Matías ha dicho ... |
Complicado, por decir lo menos. Cuesta ponerse en el lugar de la niña, pero más difícil el lugar de los padres, y de los jueces. 18 de noviembre de 2008 |
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Sentencia justa para los jóvenes injustos
Entre las extrañas gracias que me fueron concedidas por la naturaleza, el azar o por los autores de un plan infinito, se cuenta la capacidad para comunicarme con el mal. Llámese djin, demon, Satanás o Lucifer, suelo reconocerle con cierta facilidad si, por esas coincidencias de la vida, compartimos espacio. En otras épocas, más joven (yo, él no tiene edad) incurrí en la soberbia de aceptar sus retos y me divertí jugando con él a cualquier juego que me propusiera. Perdí siempre al ajedrez, aunque nunca se aprovechó de ello. Hacía trampas moviendo fichas con el rabo si yo me distraía, y no le enorgullecía ganar así. Ganaba y se divertía, pero no apostaba nada. Puro placer del juego.En el póker era distinto. Él no necesitaba hacer trampas, pero yo sí. Él lo sabía, pero nunca me descubrió en plena partida. Un día me aconsejó: “No juegues al póker conmigo. Ganarme te puede parecer divertido. Pero si pierdes, lo perderás todo. Hasta tú te perderás. Por cierto, ¿dónde has aprendido a hacer trampas?” Le conté mis lecturas de Erdnase y asintió aprobándome. Exhibió un extraño respeto. No me hizo daño alguno. “Esperaré a que vengas por ti mismo” fue su última frase directa.Desde un viaje a Sicilia, hace más de nueve años, no he vuelto a verle de frente. Allí se sentaba en una mesa al fondo de un restaurante al que llegué dando un paseo por Mesina. Nada planeado. Tomé unas cervezas con amigos y contábamos chistes muy eficaces. A lo lejos, él estaba bebiendo vino con dos personas respetables. Un poco apartados, dos jóvenes de pie, gabardinas claras, una entreabierta para que se intuyera la luppara, escopeta recortada. Leve sonrisa, apenas levantar una (sola) ceja. Decidí marchar antes de mayores conductas extraverbales. No estaba yo por ir por mí mismo. Todavía.Le ví hoy, en un reflejo. Al dictarse la sentencia contra los degenerados que quemaron a la indigente Endrinal en su cajero de Guillermo Tell. La recreación de las imágenes captadas por las cámaras de seguridad del cajero vuelve a mostrar los niños abominables golpeando a la desgraciada, al tiempo que exhiben risas que muestran su delectación en la perversa tarea.Cuando los novicios perversos entran con el líquido inflamable, he podido ver el reflejo de mi esquinado conocido en el espejo que propicia el maridaje entre cristal y oscuridad. Supongo que fue él quien, acaso con un movimiento de una (sola) ceja, señaló el andamio donde estaba el acelerador de combustión que sofrió a la (para ellos) hedionda piltrafa. O quizá no. Los artistas eran muy aventajados y no necesitaban ayuda sobrenatural.Quizá él debió de ser quien les alentó a escoger abogado. Un piernas que, en lugar de aleccionarles a mostrar arrepentimiento y pedir perdón, les enseño a pedir justicia a su Señoría, y alegar que no había para tanto. Que sólo era una broma y que la señora olía muy mal.¿Sería también él quien ha orientado a los jueces para ignorar la agravante de ensañamiento? El apaleo previo a la cocción ¿no es ensañamiento? ¿No lo es tirar una colilla al combustible y salir por piernas? Se ve que no, que solamente es incurrir en la denegación de auxilio. El abogado se crecerá y apelará ante el Supremo. Así sea. Espero que los jueces de la más alta instancia no sean elegidos (o sí) por el poderoso taumaturgo. Deseo que enmienden la plana y aumenten la gravedad de la reprobación.Él fue, sin duda, quien arropó a los juveniles engendros para que no saltaran por los aires con la explosión. “Ya vendrán cuando ellos quieran” pensaría. Con catecúmenos de esa laya no hace falta ser gran maestro. Ahora debe de estar dándose unas vueltas por la prisión donde los fachendas convictos pasarán unos (pocos) años. Un arqueo de cejas y los más inclementes entre los más rudos penados sabrán quiénes serán sus mejores novias. No les han puesto penas accesorias, pero la cárcel en sí las aporta con creces. Les han impuesto pagar indemnizaciones de miles de euros, para los parientes de la muerta y los dueños del cajero chamuscado. Se cree que, insolventes, no pagarán por ello. Nada más que les consignasen un euro por cada servicio oral que harán en el presidio, pagarían toda la pena, y les daría para montar un negocio de chupetes a domicilio cuando (algo tronados) salgan.Mi viejo conocido, si me lee hoy, me aprobará.
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