
Ya iré contando mis avatares. La salud es inconstante, pero no me quejo. Peor sería tener un hijo negro.
La pasada semana un grupo independentista catalán había derribado
el último toro de Osborne que quedaba en Cataluña. No era la primera vez
que lo hacen, como tampoco es la primera vez que un grupo de vecinos del
municipio de El Bruc levanta la estatua.
Me parece que estos “independentistas” son un poco cretinos.
¿Qué tiene que ver el independentismo con el toro de Osborne? Bien es verdad
que a veces, en las exhibiciones de la bandera española, el toro sustituye al
escudo de España o al aguilucho franquista. Pero eso demuestra también la
estolidez de quienes lo alardean. El toro de Osborne es el logotipo de unos
bodegueros. Una marca comercial.
Es curioso que unos y otros, los que se jactan de toro y los
que lo abaten, manifiesten públicamente su
ignorancia. Cada uno, al cabo, enseña lo que tiene.
Catalunya ha sido siempre un país muy taurófilo. De pequeño,
en mi Barcelona, iba a los toros dos veces por semana. Como mínimo. Se
celebraban tres corridas, jueves, sábado y domingo, en las dos plazas que
quedaban. La tercera, la Plaza de toros
El Torín, construida en 1834 en la Barceloneta, era una plaza de ladrillo y
madera, con un aforo de 12.000 espectadores. El Torín fue cerrada por su
deterioro en 1924 y demolida en 1944.
Mi padre (meteorólogo del Castillo de Montjuich durante la
guerra civil, dos años encarcelado por el franquismo) y mi tío (más o menos)
compartían abonos, y uno (o dos) de los días, yo iba a ver el espectáculo en
nuestro asiento contiguo a la orquesta.
Habiendo visto, cerca de nuestra casa de verano, la matanza
del cerdo en el Vallés, lo de los toros se me antojaba civilizado. Al día
siguiente, en el mercado de abastos, comprábamos carne de toro de lidia, que no
parecía más indigna que la que comprábamos los demás días, ni que los pollos y
conejos que apiolaba el honesto pollero mediante el degüello ante mis curiosos
ojos.
A mis cuatro años, si me preguntaban por lo que quería ser,
lo tenía muy claro: torero.
Mis hijos desprecian el toreo, y les entiendo. No han visto
matanzas del cerdo ni el desangrado de gallinas. Comen esos bichos, es cierto,
pero deben de creer que crecen en los árboles o se fabrican en cadenas. En
nuestra casa de verano han visto parir a las vacas, pero nunca les dije que los
terneros, a los tres meses, los mataban para que nos los comiéramos.
Ahora no voy a corridas. Veo los sanfermines por TV y
confieso que con la esperanza de que los toros maten a una o más personas. La verdad
es que me caen más bien los toros que los alcohólicos que les dificultan el
paso. Dicen que son personas pero eso es muy relativo. Nunca dejo de pensar en
la íntima felicidad del toro al cargarse uno de sus abusadores. Sé que los
toros no tienen emociones ni cogniciones, pero las mías no me las quita nadie.
Los inútiles que depredan los férreos toros de Osborne me
merecen también muy poco respeto. Drícense independentistas, lo que no puedo
tragarlo. Me parecería aceptable en “nacionalistas” cuya especificidad es creer
que su patria es mejor que las otras. (A mí que me registren, yo tengo varias o
ninguna, de manera variable e irracional). Pero me parece absurdo en llamados
independentistas, cuya creencia es que no les debe mandar nadie de fuera.
Yo no soy nacionalista danés, creo que los daneses son tan
insustanciales como los suecos o los alemanes. Pero considero que los daneses
están mejor solitos, que bajo el yugo de los suecos (que los trataban como a
siervos) o bajo la dominación alemana (la última la Nazi). Por lo tanto, soy
independentista danés.
Donde pone Dinamarca pongan lo que quieran: Armenia, Tibet,
Alto Adigio o Hungría. Por lo tanto, independentista como me siento, me fríen
la sangre quienes confunden las cosas y, volcando toros metálicos de anuncio,
creen que recuperan algo del flagrante despojo que el déficit fiscal perpetra.